Medicina hiperbárica: una breve historia
Original en inglés por Quackwatch
Con el paso del tiempo, los dispositivos de compresión de aire evolucionaron tanto en apariencia como en función. También se descubrió que el uso de aire comprimido podía facilitar otros métodos. Por ejemplo, un cirujano francés llamado Fontaine creó una cámara móvil aprovechando una ley básica de la física: la ley de Henry establece que la solubilidad de un gas en un líquido es proporcional a la presión del gas sobre la solución, siempre que no se produzca una reacción química. Al elevar la presión atmosférica dentro de la cámara, Fontaine pudo aumentar la cantidad de oxígeno transportado por el torrente sanguíneo del paciente durante la administración de anestesia con óxido nitroso. Así evitó que los niveles de oxígeno en la sangre cayeran demasiado, como normalmente ocurre con niveles profundos de anestesia aceptables para cirugía [3].
Al comienzo de los años 1900, Cunningham observó que los pacientes con enfermedades cardiovasculares que vivían en altitudes elevadas no evolucionaban tan bien como aquellos en condiciones similares pero a menor altitud. Sospechando que la presión atmosférica era el factor relevante, planteó la hipótesis de que aumentarla más allá de lo normal podría conferir beneficios adicionales. Trató exitosamente a un joven con influenza grave, lo que reforzó su confianza y lo llevó a desarrollar una cámara hiperbárica cilíndrica de aproximadamente 3 metros de diámetro por 27 metros de longitud [4].
Posteriormente, un paciente agradecido financió una cámara monumental en Kansas City (1921): una estructura esférica de acero de unos 20 metros de diámetro, equipada con comodidades de lujo [5]. Sin embargo, este proyecto terminó mal. Cunningham sostenía que muchas enfermedades —incluido el cáncer— se debían a bacterias anaerobias y que el aumento de oxígeno resolvería el problema. Las autoridades médicas no encontraron evidencia convincente, por lo que el “hospital” fue finalmente desmantelado.
En 1670, Robert Boyle observó burbujas en tejidos tras descompresión, lo que llevó a formular su ley: a temperatura constante, volumen y presión de un gas son inversamente proporcionales. Este principio explica fenómenos como la enfermedad por descompresión en buzos.
Durante el siglo XIX, trabajadores en minas y túneles comenzaron a presentar síntomas compatibles con esta enfermedad. Se descubrió que la recompresión seguida de una descompresión lenta podía aliviar los síntomas, lo que sentó las bases de la medicina hiperbárica moderna.
En el siglo XX, el uso de oxígeno bajo presión se consolidó como tratamiento para la enfermedad por descompresión. Posteriormente se extendió a otras áreas médicas, incluyendo infecciones anaeróbicas y envenenamiento por monóxido de carbono.
Tras un periodo de entusiasmo excesivo y posterior descrédito —debido en parte a usos sin evidencia—, la medicina hiperbárica encontró su lugar dentro de la práctica médica regulada. Actualmente es una subespecialidad reconocida, con indicaciones clínicas bien definidas y normas estrictas de seguridad.
Actualización: usos reales y exageraciones modernas
La terapia de oxígeno hiperbárico (TOHB) sigue siendo una herramienta médica válida, pero su uso debe entenderse dentro de límites claros basados en evidencia.
Hoy en día, la medicina hiperbárica tiene aplicaciones bien establecidas y respaldadas por investigación clínica. Entre ellas destacan:
- Tratamiento de la enfermedad por descompresión (buceo)
- Intoxicación por monóxido de carbono
- Infecciones graves por bacterias anaerobias (como gangrena gaseosa)
- Heridas crónicas difíciles de cicatrizar (por ejemplo, pie diabético)
- Lesiones por radiación (radioterapia)
En estos contextos, la terapia puede ser eficaz y, en algunos casos, salvar vidas o evitar amputaciones.
Sin embargo, fuera de estas indicaciones, la situación cambia considerablemente. En años recientes, la terapia hiperbárica se ha promovido como tratamiento para una amplia variedad de condiciones, incluyendo envejecimiento, autismo, enfermedades neurodegenerativas o mejora del rendimiento físico. En muchos de estos casos, la evidencia es limitada, contradictoria o inexistente.
El principal problema no es la terapia en sí, sino su comercialización como una solución universal. Esta narrativa recuerda episodios históricos como los de Cunningham, donde una idea parcialmente correcta se extrapola mucho más allá de lo que la evidencia permite.
Las cámaras hiperbáricas “suaves” o de baja presión, disponibles en centros privados o incluso para uso doméstico, añaden otra capa de complejidad: muchas de ellas no alcanzan las presiones utilizadas en entornos médicos, lo que pone en duda su eficacia para cualquier indicación clínica seria.
Como ocurre con muchas tecnologías médicas, la clave está en distinguir entre el uso legítimo, basado en fisiología y evidencia clínica, y las promesas exageradas que apelan más al marketing que a la ciencia.
Referencias
- American Heritage Dictionary. Boston: Houghton Mifflin Co., 1994.
- Simpson I. Compressed air as a therapeutic agent. Edinburgh, 1857.
- Fontaine JA. Union Med. 1879.
- Jacobson JH et al. Annals NY Academy of Sciences, 1965.
- Sheridan RL, Shank ES. Journal of Trauma, 1999.
Por Daniel S. Morrison, MD, y R. Duncan Kirkby, PhD.
Revisado el 5 de julio de 2001, publicado originalmente en Quackwatch.

